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¿Se acabó la corrupción o lo que hay es mucho olvido.?

En el país de las maravillas, la República Dominicana, apenas «comienza» un proceso, dilatado, por cierto, de «corregir» los entuertos y desmanes de los que hemos vivido en cuanto a depravación y mal uso de los recursos del Estado. Y digo «comienza» porque todavía existen y en «cantidad», como dirían mis hermanos cubanos.

La justicia dominicana está dando pasos innovadores e impensables e «inimaginables» para una sociedad acostumbrada a la perversión y la inmoralidad, en cuanto «la oportunidad» se le brinda. Todos, de cierta manera, somos culpables del libertinaje y saqueo por «omisión o inactividad».
Me explico: la falta de «pronunciarse» o denunciar o indicar un acto de corrupción es parte de nuestra cultura y todo adolece porque «esperamos» que «algo» nos corresponda del mismo. O en su defecto, porque participamos beneficiándonos de un salario o comisión…
No voy a entrar en detalles para destutanarnos entre nosotros, pero es tan obvia «la movida» que hasta la conversamos entre nosotros como un acto de «viveza» o en término más regional, de tigres…
Los nombramientos salen a diestra y siniestra, en alto porcentaje, para «beneficiar» a los amigos y allegados ante el nuevo reparto de las dependencias del Estado. Embajadores y cónsules son designados a base de relaciones o tributos a devengar.
 ¿De qué otra manera se podría entender que el costo de un pasaporte, en Santo Domingo, sea de 33 dólares y en el exterior 165?
La diferencia, 132, no llega a las arcas del Estado… ¿Dónde va? La cantidad de dinero que deja de percibir el gobierno, sabiéndolo este, es gigantesca.
 ¿Son intencionales estos desatinos? ¿Cómo podríamos llamar a eso?
Que se sigan nombrando a «familiares» de «cierta trascendencia política» o de lo que sea, sin que retribuyan con trabajo la función para la que fueron puestos, no se llama corrupción, se le dice «botella». Lo lindo de las botellas, es que se han hecho parte de nuestro folclor Los que gozan de ellas lo dicen sin pudor y los que no la tienen… aspiran a «embotellarse»…
El Estado es, sin ninguna duda, el mayor empleador de la nación dominicana y el que más les compra a los empresarios nacionales. Esta «sociedad» ha generado, a través de la historia, que la oligarquía participe en las funciones del Estado y los que no sean tradicionalmente parte de ella busquen serlo.
Así vemos a muchos jóvenes de barrios marginales y nacidos «en malaria» engancharse a políticos «intentando» alcanzar una justicia social «equilibrada» para todos y una vez que alcanzan «cierto status» de poder, se integran al carril oligarca incrementando sus arcas individuales para no ser «menos» que los que llegaron antes. Esto es !Sálvese el que pueda!
Quienes han intentado enderezar esos «desvíos» son arrojados al desdén y la calumnia, pero con el tiempo, y una vez ya muertos o asesinados, son «exaltados como héroes». Lo paradójico de estos «sin sentidos» los podemos ver en las paradas del metro urbano, una parada lleva el nombre del asesino y la siguiente la de la víctima…
No, ya no hay corrupción, lo que hay es mucho olvido y «embotellamiento» de la consciencia y la memoria. Los muertos del pasado no significan nada más que nombres, así sean héroes o villanos. Individuos que fueron parte de «esta idiosincrasia» de búsqueda y oportunidad de la que estamos compuestos.
Ya no hay funcionarios que «metan la mano». Ya somos un pueblo educado que se detiene en las luces rojas y cede el paso con respeto y compasión. Todo un ejemplo de moralidad a la hora de sacar la cabeza del carro y «destilar» versos estimulantes que hagan sentir «agradecido» al que los recibe.
La historia nos ha enseñado, que con las intenciones buenas de un solo hombre no basta para acabar con los vicios de unos cuantos. Hace falta la colaboración y el compromiso de todos si es que queremos vivir seguros en un país que participa en el bienestar de su conjunto y no solo de los que se aprovechan «del turno».
Nunca vamos a salir del hoyo si no empezamos a dar ejemplos concretos sin favoritismos particulares. No solo a los que hoy están sino a los anteriores también y a los que aún no han llegado. Y a toda esa fuga injusta y desordenada con que en la actualidad se recompensa a quienes participaron en el proceso de llegar al poder.

Buscar y alcanzar dirigir un país debe ser una meta noble, desembarazada de compromisos a particulares que como buitres buscan descuartizar a la nación. Es un compromiso tan alto que amerita quedarse ciego y mudo ante los amigos, que uno sabe que nunca les importó el pueblo y sí sus bolsillos. Solo así se podrá algún día el afirmar: se acabó la corrupción.

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